
El tema de tapa de este mes de abril, en el boletín digital ANUNCIAR Informa, lo centré en mi estado de ánimo actual, que se resume en “pensar en nada”. No es que realmente no piense, pero hay días en los que experimento esa sensación extraña de ausencia mental, como si, por un momento, el murmullo constante en mi cabeza se apagara. Ese murmullo que me recuerda todo lo que tengo que hacer durante el día y que, a veces, se convierte en una tortura silenciosa que me distrae de lo realmente importante.
En términos generales, sé que la actividad cerebral nunca se detiene y que los pensamientos, aunque pueden apaciguarse, difícilmente se detienen por completo. Sin embargo, cuando logro quedarme con la mente en blanco, o sin pensar en nada en concreto, sé que mi cerebro sigue procesando información sensorial, como la que percibo a través de la vista o el oído.
Recuerdo mis primeros ejercicios espirituales ignacianos, donde el primer desafío no era solo guardar silencio sin pronunciar palabras, sino también acallar la mente, dejar de rumiar pensamientos que me alejan o distraen de la meditación, la oración o, para quienes somos creyentes, de escuchar a Dios.
En una ocasión, mientras daba catequesis para adultos, un catecúmeno me preguntó sobre este tema en particular: “¿Cómo puedo evitar los pensamientos impuros u otros mientras rezo?”. Me explicó que, al orar, su mente se distraía y se dejaba llevar por pensamientos inoportunos o sin sentido. Intentaba quedarse en silencio, pero una voz interior parecía subir de volumen, impidiéndole concentrarse.
Nadie está libre de esto, yo mismo lo he experimentado. Sin embargo, aprendí que, cuando ocurre, es mejor prestar atención a esas distracciones en lugar de separarlas de la oración. Es una oportunidad para escucharlas, reconocerlas y presentárselas a Dios. Muchas veces, esos pensamientos no son más que preocupaciones, emociones de ira, deseos de venganza, tentaciones o inquietudes materiales. En vez de verlos como obstáculos, los incluyo en mi oración diciendo: “Señor, este soy yo realmente y te presento lo que hay en mi interior”. En lugar de culpar al demonio, prefiero decir: “Señor, necesito tu ayuda con esto”.
Todo está relacionado. En lo personal, practico muchas veces el “no pensar en nada” para descansar mi mente y relajarme. Aunque pueda parecer algo simple, lo he convertido en un reto: dejar mi mente en blanco unos segundos antes de comenzar a rezar el rosario, incluso en el bullicio de un autobús. Imaginen, en medio del ruido exterior, intentar silenciar mi ruido interior para poder concentrarme en la oración. Primero, logro esto pensando en nada por unos instantes, y luego, con voluntad firme, escucho mi voz interior que, en el silencio de mi mente, me aísla del entorno como una campana de cristal, permitiéndome enfocarme en la oración sin distracciones.
No es un tema fácil, pero practicar el “no pensar en nada” no solo calma la mente por unos minutos, sino que también se convierte en una base sólida para una vida de oración profunda. Además, me ayuda a evitar la sobrecarga de información y la distracción constante que provoca el consumo excesivo de contenido digital hueco y efímero. De lo contrario, al final del día, termino “pensando en nada”, pero en una nada vacía y sin sentido, en lugar de en algo que realmente edifique mi espíritu y mi vida.
Te invito a que lo pongas en práctica.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde España
Alfredo Musante
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 65 que corresponde al mes de abril de 2025.